Ayer me sentía un poco desanimada. Estaba agotada, estresada con el bebé y con dudas sobre si ir o no a la iglesia. Además, confieso que a veces me desanima no conocer muchas de las canciones que tocan; me distraigo tratando de seguirlas y me cuesta concentrarme en la alabanza.
Pero a la par había estado tomando una decisión importante: dejar de ver novelas y, en su lugar, volver a ver The Chosen. Sabía que eso me ayudaría a “desintoxicarme” y a acercarme más a Dios. Ayer terminé la primera temporada, y tuve la misma sensación que la primera vez que la vi:
“Qué afortunados aquellos que pudieron abrazar a Jesús en persona.”
Pensar en eso me llenó de un anhelo tan profundo... ¿Imaginas abrazar al mismísimo Jesús? No podía dimensionar la paz y felicidad que eso traería.
Esa mañana decidí levantarme sin quejas, sin renegar, solo con amor. Improvisé el desayuno, me vestí y preparé al bebé. Le pedí a mi esposo que se levantara, y aunque quería dormir más, accedió. Salimos apurados, pero llegamos justo a tiempo para tomar el tren. Yo sentía en mi corazón que Dios quería que fuera a la iglesia, aunque no entendía por qué.
Al llegar, la alabanza ya había comenzado. Tomamos nuestros lugares y justo sonó una canción que me encanta: “Las avispas” de Juan Luis Guerra. En ese momento sentí una voz en mi mente que me decía:
“Bienvenida… te dije que tenías que venir. Espera…”
Comencé a cantar y a bailar con mi bebé en brazos. Sentía que todo fluía: la música, la energía, la alegría. Luego tocaron “Danzo en el río”, una canción que me sé de memoria. Y fue como si Dios me dijera:
“Estas son las canciones de casa, las que conoces. No te detengas.”
Lloré, canté y danzé con mi bebé en brazos. Era una mezcla de amor, entrega y gratitud.
Más adelante, durante la adoración lenta, el pastor comenzó a hablar de aquellos que se sienten indignos de servir a Dios, personas que piensan que no dan la talla, que no son suficientes. Y en ese momento, me sentí completamente identificada.
Yo también me he sentido así. Siempre luchando con la idea de no ser suficiente, de no tener el valor o la capacidad.
El pastor entonces dijo:
“Si tú sientes que no das la talla, si crees que no mereces servirle, ven al frente. Dios quiere hablar contigo.”
Y sin pensarlo, mis pies se movieron solos. Caminé al altar, temblando, con el corazón abierto. Me arrodillé y comencé a orar. Le di gracias a Dios por todo: por mi esposo, mi hijo, por sostenerme cuando creí que no podía más, por salvarme en aquel parto donde sentí que la vida se me iba, por darme valor cuando el miedo me paralizaba.
Le dije:
“Señor, aquí estoy. Te entrego lo que soy, lo que hago y lo que quiero hacer. Guíame. Quiero servirte con lo que me diste: mi voz, mi música, mi vida.”
Mientras oraba, mi cuerpo se sentía más ligero, pero mi voz se hacía más fuerte. Abrí los ojos y vi el altar. Vi mi reflejo ahí, cantando, sirviéndole.
Entonces el pastor bajó del altar, caminó hacia el lado donde yo estaba y me miró directamente. Con una sonrisa cálida y firme dijo:
“La chica del pantalón rosa… ven, acércate.”
Me quedé paralizada. Justo esa mañana había decidido usar ese pantalón por primera vez —lo había comprado hacía dos meses, me encantaba, pero no lo usaba porque me quedaba largo. Siempre decía: ‘No le doy la talla’. Y en ese instante entendí que Dios estaba usando hasta ese detalle para hablarme.
El pastor me miró a los ojos y me dijo exactamente lo que mi alma necesitaba oír:
“Dios dice que no tengas miedo. Sigue cantando. Sigue adorando. Ponlo a Él primero. En todas tus luchas, Él está contigo. Él te ha escogido para servirle, y nada de lo que hay en ti es casualidad.”
Sus palabras me estremecieron. Comencé a llorar sin poder detenerme.
Luego el pastor llamó a una pastora y le dijo:
“Abrázala.”
Y cuando ella me abrazó, fue como si Jesús mismo me estuviera abrazando.
Sentí su presencia envolviéndome, su amor tan real, tan vivo. Recordé aquella escena de The Chosen donde Jesús abrazaba a quienes sanaba, y me di cuenta de que estaba viviendo ese mismo abrazo, en carne propia.
Mi cuerpo se aligeró aún más. Mi alma descansó. Mi bebé se durmió en mis brazos mientras yo seguía adorando. En medio del ruido, de la música, de los gritos de júbilo, todo era paz.
Dios me habló, me abrazó y me recordó quién soy.
Una hija amada.
Una adoradora.
Una mujer llamada a servirle sin miedo.
Y entendí que no era el pantalón el que no me daba la talla… era yo quien debía creer que Dios ya me había hecho suficiente para vestir Su propósito.
“Qué afortunada y bendecida soy. Todo fluyó para que llegara ahí y Dios respondiera cada una de mis preguntas. Nunca termino de darle gracias.”
💎 Reflexión:
Dios habla en los detalles. En un pantalón rosa, en una canción conocida, en una voz que te llama por tu nombre… o en un abrazo que se siente celestial.
Él siempre tiene una cita contigo. Solo hay que ir. 🌸
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